Fernando de la Calle, infectólogo, revive cómo afrontó la pandemia

Salud

“¡Es imposible atender a tanto paciente y tan enfermo simultáneamente!” Eso es lo que pensó el infectólogo Fernando de la Calle cuando, en el inicio de la pandemia, empezaron a llegar cada vez más pacientes con una enfermedad entonces desconocida, la covid, al Hospital Universitario La Paz-Carlos III de Madrid: “El primer recuerdo que me viene a la cabeza es….Esto es inabordable”.

Y eso que Fernando de la Calle, médico de la Unidad de Enfermedades Infecciosas del Hospital La Paz-Carlos III, centro de referencia nacional, estaba curtido en otras amenazas de patógenos infecciosos como el virus del ébola, cuando en 2014 llegó a España por misioneros procedentes de África y el contagio de una auxiliar de enfermería, o casos de fiebre del virus de Crimea-Congo, ambos con alta mortalidad.

Pero la pandemia provocada por un virus nuevo, el SARS-CoV-2, que se extendió como la pólvora desde la ciudad china de Wuhan, es algo que ni los más avezados en patologías infecciosas podían imaginar.

“En nuestro hospital lo empezamos a vivir muy pronto. Al ser un patógeno nuevo se intentó abordar como un virus emergente de potencial agresividad. Los primeros pacientes que necesitaban ingreso hospitalario lo hicieron en nuestra unidad de aislamientos de alto nivel, como en el ébola”, relata.

Eso fue a finales de febrero de 2020, cuando todavía se creía que la situación se podía contener: “Pero fue como cuando pones un cazo de leche en el fuego, que al principio burbujea y va subiendo hasta que llega un momento que, en una décima de segundo, se desborda. Pues eso fue lo que pasó”, señala el doctor.

La unidad de aislamiento se quedó tan corta que, en los momentos álgidos de la curva de contagios, toda La Paz, uno de los hospitales de mayor ocupación, se convirtió, prácticamente, en un hospital covid.

“Era un virus de mayor agresividad que el de la gripe, nos llegaban pacientes de todas las edades, también jóvenes y sin ninguna comorbilidad que hacían unos cuadros respiratorios tan intensos que llamaba la atención”, precisa.

Esto en un contexto de carencia de recursos sanitarios (mascarillas, equipos de protección personal, respiradores…) consecuencia “de la apocalipsis de la situación” y eso también dificultaba la asistencia que se prolongaba durante jornadas maratonianas.

El precio: el desgaste emocional

La vivencia en primera linea de la pandemia de los profesionales sanitarios ha tenido un coste en su salud mental. En esos primeros meses de la pandemia, cuando la población no estaba vacunada y había miles de contagios y muertes, se produjo “un desgaste emocional absoluto”.

“A día de hoy se sigue notando, hay mucho desgaste emocional, aquello fue muy intenso, muy inabordable. Mucha gente casi no quiere ni recordarlo por el shock postraumático” que vivimos, asegura Fernando de la Calle.

“Porque independientemente de como tú quisieras gestionar la situación, era imposible que no te afectara”, apunta.

“ Veías alrededor cómo se morían, incluso gente joven”, a lo que se unía la dureza de volver a casa, con la familia, con miedo a contagiarles y, encima, confinados.

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Personal sanitario participa en una concentración en mayo de 2020, en la fase de desescalada, en el exterior del hospital La Paz en Madrid. EFE/JuanJo Martín

Los aplausos: “Nos reconfortaron pero luego se vivieron con frustración”

Y en ese contexto de confinamiento, cada día, a las 20.00 horas, la sociedad española se asomaba a sus ventanas y balcones para aplaudir el esfuerzo que estaban haciendo los sanitarios con unos hospitales y unas ucis desbordados de pacientes graves y críticos por una enfermedad que ya tenía nombre, covid, pero no protocolos específicos para saber atajarla.

“Me emociono porque, en un primer momento, los aplausos sí significaron. Pero eso es otra de las frustraciones que vivimos los sanitarios”, lamenta.

Y explica: “La sociedad hizo lo que pudo y tampoco es justo juzgar a todos, porque la gran mayoría claro que intentó hacerlo bien, pero es cierto que enseguida que se empezaron a tomar ciertas medidas de abrir, la gente se olvidó”.

Para Fernando de la Calle, “los aplausos, luego, significaron el sonido de cómo la gente termina olvidando rápidamente una situación dramática. Después se vivieron con frustración”.

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Personal sanitario del Hospital La Paz de Madrid aplaude durante el confinamiento de la pandemia. EFE/Kiko Huesca

¿Qué hemos aprendido? “Menos de lo que deberíamos”

Cinco años después de una pandemia que paralizó al mundo, Fernando de la Calle considera que se ha aprendido “menos de lo que deberíamos de haber aprendido”.

Para el infectólogo, “seguimos pensando que pueden ser situaciones anecdóticas. Creo que no terminamos de entender que es un mundo global en el que ahora podemos viajar en pocas horas al otro extremo” y “nos metemos hasta lo más lo más profundo de la selva para estar con elefantes en su propia charca”.

“Estamos muy expuestos -añade- y no terminamos de comprender que somos un mamífero más en este planeta. Es una probabilidad biológica, no hay que tomárselo con apocalipsis, sino como una realidad”.

Para el especialista de enfermedades infecciosas, si llegara una nueva pandemia “creo que nos volvería otra vez a pillar un poco verdes”, aunque tampoco partiríamos ya de cero.

Y lo dice porque “sería necesario reactivar de nuevo otra vez muchos protocolos, mucho concepto de trabajo en equipo y, sobre todo, habría que trabajar nuevamente todos juntos, no es cosa de un único hospital, de una única comunidad autónoma, ni siquiera ni un único país”.

En su opinión, “creo que esa conciencia de coordinación ante las crisis es algo que no se ha terminado de entender”.

Un virus que no hay que subestimar

Tras un lustro del inicio de la pandemia, las vacunas han protegido a la población y nos han ayudado a crear inmunidad contra este virus que, mayoritariamente, nos causa síntomas leves y los pocos pacientes que ingresan en los hospitales con covid grave son personas mayores con otras enfermedades y pacientes inmunodeprimidos.

El SARS-CoV-2 “es un virus que ahora se nutre de la vulnerabilidad”, apunta el médico del Hospital Universitario La Paz.

Y, subraya, “es un virus que no hay que subestimar, como tampoco debemos subestimar una gripe. A día de hoy, a la covid hay que tenerle precaución, una precaución racional”.

Y para ello insiste en el uso de la mascarilla cuando tenemos síntomas de cualquier enfermedad respiratoria o cuando vamos a un hospital o cualquier otro espacio público porque podemos tener a nuestro alrededor personas con riesgo a las que debemos proteger.

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