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En un artículo anterior, habíamos hablado de la nueva geopolítica de la IA y de las iniciativas que se han puesto en marcha que ayudan a diseñar nuevos escenarios, pero no crean la película completa. El diagnóstico y las iniciativas existentes son necesarios, pero no suficientes.

Europa necesita una agenda de acción ambiciosa, coherente y si me permitís, urgente. Estas son las palancas que, desde una perspectiva estratégica, definirán si el continente gana o pierde la partida de la soberanía tecnológica:
- Crear el Fondo Europeo de IA soberana: 100.000 millones de euros en diez años. El talento europeo existe. Lo que falta es un capital paciente y la escala de mercado. Europa necesita un fondo de inversión soberano, análogo al que Japón, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes han lanzado en los últimos años, capaz de acompañar a startups de IA desde la fase de investigación hasta la competencia global. La fragmentación del capital de riesgo europeo en mercados nacionales es uno de los factores más limitantes para la escala de las empresas tecnológicas del continente.
- El espacio europeo de datos: Convertir la fragmentación en activo. Europa necesita acelerar la creación de espacios de datos sectoriales: sanidad, movilidad, industria, finanzas, agricultura, donde los datos puedan fluir de forma segura, interoperable y soberana entre organizaciones y países. La Ley de Datos europea (Data Act) aprobada en 2023 es un marco que debe implementarse con velocidad y pragmatismo. El objetivo está claro: convertir los datos europeos en combustible para modelos de IA europeos.
- Construir la supercomputación europea para IA: La EuroHPC como plataforma nacional. La Joint Undertaking EuroHPC, con supercomputadores como LUMI en Finlandia o MareNostrum 5 en Barcelona, es un punto de partida que debe escalar de manera significativa. Europa necesita al menos cinco centros de computación de clase mundial especializados en entrenamiento de modelos de IA de gran escala, alimentados con energía renovable y accesibles para startups, universidades y pymes bajo modelos de acceso competitivo y asequible.
- Una política industrial de IA: El Airbus de la Inteligencia Artificial. El éxito de Airbus demostró que Europa puede construir campeones industriales de escala global cuando los Estados coordinan su política industrial. Europa necesita identificar tres o cuatro verticales estratégicos que pueden ser: sanidad, industria avanzada, defensa y movilidad, donde desplegar una política industrial de IA con financiación pública, compra pública estratégica y apoyo a la internacionalización. La compra pública es especialmente importante: los contratos gubernamentales pueden ser el primer mercado que permita a startups europeas alcanzar la escala necesaria para competir globalmente.
- El Pacto Europeo de talento en IA. Europa pierde anualmente cientos de investigadores de IA hacia Silicon Valley, Londres y, cada vez más, hacia los centros de investigación de las grandes tecnológicas americanas y chinas. Este drenaje de talento es estructuralmente insostenible. Europa necesita un programa de atracción y retención de talento en IA que incluya visados acelerados para investigadores y perfiles cualificados de todo el mundo, condiciones salariales competitivas, y mecanismos de participación.
- IA verde como diferenciación competitiva. Si Europa no puede ganar la carrera de la IA por pura escala de inversión, puede ganarla por eficiencia y sostenibilidad. Los modelos de IA europeos deben ser los más eficientes energéticamente, los que menos agua consuman, los que menor huella de carbono generen. Esta no es solo una posición ética: es una posición de mercado.
- Diplomacia tecnológica: Exportar el modelo europeo. Europa debe liderar activamente los foros internacionales de gobernanza de la IA: la ONU, el G7, el G20, la OCDE, para exportar su modelo regulatorio al resto del mundo. Se trata de ofrecer una alternativa viable al modelo de IA desregulada americana y al modelo de IA de vigilancia estatal chino. Europa tiene la oportunidad de construir alianzas tecnológicas que refuercen su posición geopolítica y extiendan los estándares de IA responsable más allá de sus fronteras.
El AI Act ha sido un gran paso y ha demostrado la capacidad europea de marcar estándares globales. Pero la regulación sin producción es solo la mitad de la ecuación. Europa necesita ahora construir la otra mitad: la capacidad de producir, desplegar y escalar tecnología de IA que sea competitiva globalmente y coherente con sus valores.
La soberanía tecnológica europea no es un capricho de identidad. Es una necesidad que sirve de contrapeso democrático, ético y sostenible. El reloj avanza. Los chips se fabrican. Los modelos se entrenan. Los datos se acumulan. Y cada mes que Europa tarda en actuar es un mes en que la brecha tecnológica se amplía y el coste de cerrarla aumenta.
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