La responsabilidad social empresarial ante el reto del Tecnoceno: el caso de SpaceX

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Han sido numerosos los textos en los que he hablado del Antropoceno como nuevo horizonte epocal . Pero mientras que el Antropoceno atribuye de manera abstracta la transformación de la Tierra al ser humano en su conjunto, el Tecnoceno diagnostica que la fuerza que reconfigura la realidad no es la humanidad genérica, sino un entramado de sistemas formales, optimizaciones algorítmicas y flujos globales de capital.

La responsabilidad social empresarial ante el reto del Tecnoceno: el caso de SpaceX

Este entramado ha generado una cultura basada en el cálculo, la programación, la estadística, la lógica matemática y la formalidad de las reglas. Ese ecosistema técnico ha comenzado a generar sus propios sujetos o actores dominantes. Figuras como Elon Musk son criaturas generadas por la técnica “como nuevo sujeto de la historia[i]. Elon Musk es un líder de frontera, un agente funcional del Tecnoceno cuya misión es personificar el mito de la expansión tecnológica perpetua—la colonización planetaria, la manufactura orbital, la inteligencia artificial autónoma—absorbiendo de forma masiva capital terrestre.

Entendido bajo estas categorías de análisis, SpaceX (NASDAQ: SPCX) deja de ser un mero emisor de acciones en el Nasdaq para convertirse en el significante nodal del Tecnoceno. Un significante nodal es entendido aquí como un término con capacidad magnética para articular, unificar y dar sentido a toda una constelación, nunca mejor dicho, de ideas a su alrededor. SpaceX es el nodo donde cristalizan para el gran público todas las promesas dispersas de la Cuarta Revolución Industrial[ii]: la automatización total, los enjambres de satélites autónomos, los supercomputadores de xAI y la colonización interplanetaria. No importa que la empresa queme miles de millones de dólares en pérdidas netas o que sus proyectos acumulen retrasos operativos. Como significante nodal, su función no es ser rentable hoy, sino sostener el andamiaje ideológico de una nueva era. Es el símbolo supremo que le dice al mercado y a la sociedad que la técnica tiene las respuestas a todas nuestras crisis.

La euforia que rodea la reciente salida a bolsa de SpaceX ejemplifica una de las desconexiones más significativas del mercado contemporáneo: el sacrificio sistemático del análisis de medio y largo plazo en favor de narrativas hiperbólicas cortoplacistas. Cuando el precio de cotización descuenta de inmediato los escenarios más expansivos imaginables—desde la minería en la Luna hasta la sustitución completa de los centros de datos terrestres por nuevas formas de computación orbital—el rigor financiero queda sometido a emociones especulativas que enfrentan difíciles materializaciones técnicas. Emociones que requieren explicaciones tanto financieras como no financieras.

Firmas de análisis fundamental como Morningstar estiman el valor razonable del negocio en torno a los 780.000 millones de dólares (unos 63 dólares por acción), sugiriendo que el precio de salida al mercado (135 dólares por acción) prácticamente duplica el valor real de sus operaciones actuales[iii]. Aunque los avances tecnológicos de la compañía puedan terminar superando estas estimaciones conservadoras—a lo largo de muchos años venideros—la valoración exigida hoy por el mercado es claramente desmesurada. El problema de SPCX a su precio actual— que durará, previsiblemente, lo que tarde en expirar el período de lock-up—es que el mercado ya ha incorporado como una certeza casi absoluta el escenario más optimista posible: la ejecución perfecta de cada uno de sus proyectos, desde la red Starlink hasta la colonización espacial y la manufactura orbital. Por tanto, al entrar en un activo como SpaceX, el inversor está adquiriendo algo que trasciende lo financiero: está comprando una nueva narrativa epocal que produce un nuevo objeto de deseo, un fetiche que encarna cierto deseo de trascendencia, de salvación, de superación de nuestras propias limitaciones fundamentales.

Al valorar SpaceX como si cada uno de sus ambiciosos proyectos fuera a salir perfecto y sin complicaciones, el mercado ha convertido lo que debería ser un activo a tener en cuenta en una simple ficha de casino, donde lo que prima hoy no es la solidez del negocio, sino la adrenalina de la especulación inmediata posibilitada por el lubricante catalizador de un nuevo horizonte epocal. Bajo la fachada de estar financiando las tecnologías que salvarán a las generaciones futuras, el capital actual se comporta de forma profundamente cortoplacista en un escenario necesariamente largoplacista.

La nueva responsabilidad social de las empresas tecnológicas

La ética empresarial celebró durante décadas la paulatina superación de la doctrina clásica de Milton Friedman de 1970—aquella que reducía la responsabilidad social corporativa a la mera maximización del beneficio para el accionista (shareholder). La emergencia de la teoría de los stakeholders[iv], cristalizada en el llamado “capitalismo de stakeholders”, prometía un giro humanista donde las corporaciones debían rendir cuentas ante la sociedad, equilibrando el retorno financiero con el bienestar de sus empleados, comunidades y el medio ambiente. Sin embargo, el advenimiento del Tecnoceno ha demostrado que este enfoque ha sido en vano. La narrativa tradicional de la Responsabilidad Social Corporativa (RSC) y los marcos de sostenibilidad empresarial[v] han sido colonizados y neutralizados por formas de legitimación tecnocénica radicalmente superiores en su magnetismo social. Las empresas de frontera ya no necesitan someterse al escrutinio de minuciosas auditorías sociolaborales, comités de gobernanza inclusivos o reducciones de huella de carbono; les basta con alinearse con las grandes promesas de la técnica para adquirir una inmunidad ética total. El proyecto de la sostenibilidad empresarial[vi], y su intento de mitigar los impactos negativos, ha sido opacado por la promesa de abolir los límites de la condición humana mediante el despliegue tecnológico.

Esta mutación ideológica funciona porque la legitimación tecnocénica no ofrece parches a los problemas sociales, sino su resolución definitiva mediante el artefacto: la extensión indefinida de la vida a través de la biotecnología, la energía limpia e ilimitada mediante tecnologías orbitales, el advenimiento de una superinteligencia artificial y, en última instancia, el fin del trabajo alienante gracias a la automatización absoluta. El paraíso terrenal, lunar o marciano. Ante este nuevo horizonte, ¿Qué analista se atrevería a exigir rigor contable, mesura en las valoraciones o estructuras de voto democráticas a un agente empresarial que promete asegurar la supervivencia intergeneracional de la especie humana en el cosmos? La mitología de este futuro de ciencia ficción actúa como solución definitiva: desactiva los mecanismos tradicionales de rendición de cuentas y anestesia al inversor ante pérdidas operativas multimillonarias o concentraciones del poder corporativo.

Hoy, las compañías tecnológicas ya no necesitan desviar beneficios reales hacia causas sociales para legitimarse ante el público. En su lugar, utilizan la «utopía técnica» —la promesa narrativa de salvar el futuro de la humanidad mediante la colonización multiplanetaria o el desarrollo de superinteligencias artificiales— como su “responsabilidad social empresarial”.

La ineficiencia del mercado a corto plazo se entiende mejor cuando se enfrenta la valoración de SpaceX con la cruda realidad de los fundamentales tradicionales. Consideremos a Alphabet (NASDAQ: GOOGL) un titán con una capitalización bursátil similar, pero que respalda su valor con más de 415.000 millones de dólares en ingresos y un beneficio neto real de 132.000 millones de dólares. SpaceX, por el contrario, cotiza a un múltiplo de casi 100 veces sus ventas mientras arrastra pérdidas netas GAAP[vii] debido a la gigantesca inversión en su infraestructura espacial y de IA. Para que el precio de salida de SPCX estuviera justificado por su valor intrínseco actual la compañía tendría que multiplicar sus ingresos por catorce y ser capaz de generar 100.000 millones de dólares en beneficios limpios de la noche a la mañana. Al equiparar en precio un negocio de flujos probados con una máquina de quemar caja que aún debe ejecutar a la perfección toda su opcionalidad, el mercado demuestra que prefiere comprar mitología presente antes que rentabilidad tangible.

Conclusión

El propósito de la asignación de capital —desde ciertos enfoques de la ética empresarial y la ética aplicada— debería ser la optimización de recursos para generar el mayor bienestar posible para el mayor número de individuos, respetando, al mismo tiempo, las normas deontológicas fundamentales como criterio límite universal. Esto incluye de forma directa la preservación del planeta que habitamos como condición de posibilidad de nuestra propia existencia. Sin embargo, cuando los flujos de dinero se desvían masivamente hacia valoraciones absurdas basadas en promesas mesiánicas, se priva de recursos económicos reales a proyectos e infraestructuras tangibles que sí podrían resolver problemas que afectan a millones de personas. La megalomanía corporativa, validada por una corte de firmas de inversión y traders obsesionados con beneficios a corto plazo, opera bajo un egoísmo que ignora las externalidades negativas de inflar burbujas financieras. El desvío de capital podría destinarse a tecnologías sostenibles o a minimizar la huella ecológica de las tecno-narrativas:

  • Miles de millones de dólares podrían destinarse a tecnologías de descarbonización inmediatas (energías renovables terrestres, eficiencia hídrica, captura de carbono real o gestión de residuos). En su lugar, se congelan en inversiones especulativas que no darán frutos en décadas, si es que alguna vez lo hacen.

  • La infraestructura necesaria para sostener estas narrativas consume cantidades masivas de energía, generando emisiones reales a cambio de promesas futuras altamente especulativas.

Además, al forzar la inclusión apresurada de SpaceX en los principales índices bursátiles, los fondos de inversión pasiva obligan indirectamente a los inversores minoristas a absorber un riesgo sistémico colosal. Bajo el pretexto corporativo de estar financiando «el futuro de la humanidad», el mercado financiero comete el fraude ético de canjear la sostenibilidad del mañana por la especulación presentista de hoy. Ninguna métrica empresarial puede sostenerse a corto o medio plazo si se edifica sobre la destrucción del rigor contable y la ausencia de flujos de caja reales.

Este artículo es un intento de corregir estas distorsiones narrativas antes de que la ineficiencia del mercado termine por penalizar los ahorros de gran parte de los inversores, generando anomalías financieras significativas. Pero también abre un horizonte de análisis filosófico que nos obliga a explicar cómo ha sido posible este fenómeno, sus condiciones epistemológicas de posibilidad. Analizar a las compañías por lo que realmente valen y producen, exigiendo resultados auditables, no es una postura conservadora ante la innovación; es la única defensa legítima de una verdadera sostenibilidad económica. La verdadera responsabilidad social de una empresa, incluso si aceptáramos el prisma clásico de Friedman[viii], pasa por no engañar al mercado con proyecciones de ciencia ficción que requieren una ejecución divina para no colapsar. Si realmente aspiramos a un futuro habitable y a una economía que sirva a las próximas generaciones, debemos aprender a distinguir entre los negocios que construyen valor estructural a precios justos y las ruletas financieras diseñadas para alimentar la codicia del presente[ix].

 

[i] Fernández Mateo, J. (2025). Nihilismo y tecnociencia: metafísica en el reino de las máquinas. Pensamiento. Revista de Investigación e Información Filosófica 80 (312): 2009-28. https://doi.org/10.14422/pen.v80.i312.y2024.005

[ii] Fernández Mateo, J. (2026). Antropología Estética en la Cuarta Revolución Industrial. En: Humanidad en vilo: ¿animales?, ¿máquinas?, ¿dioses? (pp. 507-514). Dykinson.

[iii] Owens, N. (2026, junio 8). Why we think the SpaceX IPO is overvalued. Morningstar. https://www.morningstar.com/stocks/why-we-think-spacex-ipo-is-overvalued

[iv] Fernández Fernández, J. L. & Bajo Sanjuán, A. (2012). La Teoría del Stakeholder o de los Grupos de Interés, pieza clave de la RSE, del éxito empresarial y de la sostenibilidad. Adresearch Esic international journal of communication research, 6(6), 130-143.

[v] Andreu Pinillos, A.  & Fernánddez Fernández, J. L. (2011). De la RSC a la sostenibilidad corporativa: una evolución necesaria para la creación de valor. Harvard Deusto Business Review, (207), 4-21.

[vi] Benavides Delgado, J. & Fernández Mateo, J. (2020). Los límites de la sostenibilidad. EUNSA. Ediciones Universidad de Navarra, SA.

[vii] Generally Accepted Accounting Principles, es decir, Principios de Contabilidad Generalmente Aceptados: la cifra final tras restar a todo el dinero ingresado cada uno de los gastos reales de la empresa: salarios, alquileres o intereses de las deudas, incluyendo los impuestos y la pérdida de valor de sus cohetes e instalaciones.

[viii] Fernández Mateo, J. (2022, junio 20). Las turbulencias del capitalismo sostenible y las amenazas del capitalismo espectacular. Diario Responsable. https://diarioresponsable.com/opinion/33380-las-turbulencias-del-capitalismo-sostenible-y-las-amenazas-del-capitalismo-espectacula

[ix] Este artículo tiene fines exclusivamente informativos y educativos; no constituye bajo ninguna circunstancia un asesoramiento financiero, legal o fiscal. El lector debe realizar su propio análisis y consultar con un asesor profesional antes de tomar cualquier decisión de inversión, asumiendo la responsabilidad exclusiva sobre los riesgos asociados a sus operaciones en los mercados financieros.

 

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