Salud mental e IA (III)

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En un contexto marcado por la rápida expansión de la inteligencia artificial, el debate ya no gira solo en torno a su capacidad tecnológica, sino a su impacto en lo humano. Este artículo profundiza en cómo la interacción con sistemas artificiales puede influir en la salud mental, especialmente en la edad adulta y la vejez, abriendo interrogantes sobre sus riesgos, potenciales beneficios y el modelo de sociedad que estamos construyendo.

Salud mental e IA (III)

En el artículo anterior se ha cuestionado el uso indiscriminado del término “inteligencia” aplicado a sistemas artificiales de simulación que no poseen voluntad moral. Se ha explorado el riesgo de antropomorfizar la IA y reorganizar la economía afectiva alrededor de un interlocutor que no puede devolver vida, vínculo, ni alteridad. En este sentido la IA podría funcionar como objeto transicional adulto, pero nunca sustituir la experiencia de lo real. Se ha defendido que la forma en que una sociedad integra la IA refleja su grado de madurez psicológica colectiva. Por último, se han propuesto distintos modelos ideológicos de IA -mercantil, tecnocrático, humanista y tecno-gnóstico- que reflejan y amplifican diferentes concepciones de lo humano, subrayando que el futuro de la IA dependerá del modelo de sociedad que estemos dispuestos a sostener. En el presente texto se valoran precauciones y beneficios de la interacción con la IA y se especula sobre su influencia en la salud mental del adulto y el adulto mayor, el gran olvidado en este escenario.

I

El ser humano es fronterizo, fluctuante y contradictorio: habita el límite y bordea lo real en un mundo que amenaza con negarlo. La persona adopta patrones de conducta estables, que le hacen predecible. Reacciona según se piensa y se siente. La identidad es un destilado de biología, temperamento, cognición y experiencia. A la personalidad le pedimos que sea funcional, que responda a las exigencias del medio, mientras sigue anclada al cuerpo y a sus necesidades. El yo madura y se revela ante la adversidad. En ocasiones, cuando se siente superado y sin recursos, se enreda sobre sí mismo, disocia o se sobreactúa impulsivamente.

Los trastornos de personalidad afectan a la percepción, la cognición, la emoción, la conducta, y al aprendizaje. Los rasgos neuróticos, psicóticos y límite varían en grado y forma. Son comunes a toda la población, pero difíciles de detectar. Se normalizan si son relativamente adaptativos y se ensalzan en ambientes tóxicos. La conducta patológica suele inicialmente producir placer, para luego dejar dolor. Es paradójica, fértil y descaradamente rentable. Tiende a cronificarse porque produce alivio y audiovisualmente entretiene en horarios de máxima audiencia.

La IA carece de subjetividad propia, pero tiene identidad funcional y continuidad sistémica. Adopta el estilo de su interlocutor. Amplifica sesgos y alarga significados. Permite repensarnos de forma coherente con nuestro marco de referencia. El meta-modelado cognitivo de la IA es procesamiento recursivo, reajuste del ajuste. La conducta humana es similarmente recursiva y es también susceptible de ser optimizada. La IA podría desplazar trayectorias latentes y amortiguar fallas de razonamiento y del lenguaje. Pero ¿Qué ocurre cuando nuestros rasgos patológicos interactúan con la IA? ¿Qué resultados ofrece cuando la ansiedad, la suspicacia o la desesperanza incitan el discurso? ¿Podría retroalimentarse la confusión del usuario? De responder afirmativamente ¿Sería posible controlar lícita y eficazmente las posibles consecuencias negativas del uso inmaduro de la IA?

II

Los trastornos de personalidad se originan en estrategias adaptativas extremas. Resuelven de urgencia en contextos concretos. Al repetirse, se refuerzan y automatizan, convirtiéndose a largo plazo en un problema grave. El pensamiento delirante es muy común. Es atractivo, grandilocuente y portador de una esperanza fallida. Forma parte de los discursos sociales de todo signo. Es un pensamiento complejo que intenta bordear la realidad intolerable imaginándola, proyectándola fuera, responsabilizando al otro del malestar propio. La IA podría proporcionar un espacio seguro donde ensayar significados alternativos del síntoma. En esta área la IA tiene un potencial psicoeducativo sin precedentes.

La obsesión y la compulsión intentan contener la ansiedad a través del control simbólico y la repetición de gestos. La certeza estadística que provee la IA podría proporcionar externamente orden y estabilidad. Cuando la personalidad es frágil, el sujeto se vincula con extrema sensibilidad e intensidad. La IA podría responder a la demanda de reconocimiento, desplegando narrativas reparadoras realistas que calmen y autocapaciten al sujeto. Las personalidades límite pendulan entre la fusión idealizada y el odio extremo. La IA podría proponer otras alternativas que facilitasen la intervención emocional y fisiológica para su regulación.

Las políticas de prevención en salud mental digital deberían partir de enfoques transversales del síntoma. Las posibles intervenciones asistidas por simuladores semánticos (otra forma de llamar a los asistentes de IA) deberían ser personalizadas, supervisadas y tener como objetivo, no la corrección de la desviación patológica, sino más bien, la maduración psicológica del sujeto y el desarrollo de fortalezas. Este modelo plantearía una alternativa a la automatización “inteligente” de la atención sanitaria, que empieza a despuntar. Sería un error que la IA sustituyese la experiencia y la responsabilidad de los profesionales. Cuando los riesgos psicológicos se crucen con los beneficios económicos, se debería delimitar el uso comercial de la IA como asistente emocional y cognitivo.

III

Si el trastorno es una solución extrema, rígida y precoz a un problema relacional no resuelto, entonces el rasgo patológico señala qué necesidad no fue sostenida y contiene un potencial adaptativo que ha de ser encauzado. El trabajo terapéutico no sería eliminarlo, sino reordenarlo. La IA puede actuar como espacio de ensayo metacognitivo, regulador del juicio, amplificador de conciencia y facilitador de la intervención terapéutica en el mundo real.

Por ejemplo: el paranoide podría validar su potencial intuitivo, pero distanciándose, aterrizando y desactivando su sesgo de interpretación; el esquizoide también podría vincularse sin invadir ni sentirse invadido, reordenando sus ideas y reinstalando límites saludables; el esquizotípico podría traducir sus narrativas imaginarias a códigos culturales que lo hagan sentir parte de la comunidad; el narcisista podría entender que al focalizarse en el entrenamiento de sus valores y fortalezas internas podría independizarse de la mirada del otro; el histriónico podría identificar la base fisiológica de la emoción e integrar su significado sin necesidad de teatralizarla; el antisocial podría desarrollar normas éticas que no lo nieguen ni impliquen dañar al otro para protegerse; el evitativo podría aumentar su eficacia de exposición reconociendo sus puntos fuertes; el dependiente podría elegirse en la imagen simulada que la IA le devuelve.

Cada trastorno señala lo que intentó salvar al sujeto cuando el entorno no pudo: el narcisista protegió la dignidad del yo; el obsesivo, su estabilidad; el límite intentó proteger el vínculo y el paranoide cierta coherencia. La IA podría proporcionar andamiaje cognitivo-emocional para simular alternativas sin coste real, clarificar narrativas y entrenar metacognición. No corrige ni elimina el conflicto, pero puede hacerlo pensable. Podría facilitar maduración y reducir sufrimiento al ordenar el trauma, la incoherencia vincular, la ausencia de regulación y el exceso subyacente de estimulación. La IA no puede reparar, ni sustituir el vínculo terapéutico entre los cuerpos vivos, pero podría nombrar lo que no tuvo nombre para luego hacerlo real.

IV

La personalidad es el resultado de cómo el organismo aprendió a sobrevivir con la carencia. La IA no puede curar las heridas, pero puede ayudar a comprenderlas. Las personalidades reparadas se caracterizan por un alto grado de observación, creatividad e independencia de pensamiento. Analizan y amplían los vacíos del sistema social para hacerlo más eficaz y eficiente. Suelen establecer conexiones genuinas y conducirse de forma responsable, planificada y ética. También suelen mantener su profundidad existencial y de transformación con el paso de los años.

La irrupción de la IA parece estar desbordando no sólo a personas, sino a culturas enteras. No se han elaborado los límites, las pérdidas y el vacío de sentido resultantes de la postmodernidad y el relativismo, ni de la fragmentación de identidad y el ensalzamiento de la inmediatez y el consumo. En este escenario las personas mayores parecen haber desaparecido. Han sido relegadas pasivamente a las profundidades de la brecha digital. No forman parte del debate público, sino como receptores pasivos que hay que reubicar de nuevo. En la práctica, muchas personas mayores llegan a los retos del siglo XXI agotadas, desvitalizadas o enfermas; pero no por edad, sino por desgaste adaptativo acumulado. La sobreadaptación es una patología silenciosa que recorre todas las edades, pero que se manifiesta según se va cumpliendo años. La mayoría no está en duelo por lo perdido, sino desconectada de lo que nunca pudieron vivir.

La IA en la tercera edad no debería convertirse en una prótesis de entretenimiento vacío y acompañamiento simulado. No debería ser ilusión de vínculo, de realización, ni de salud. Pretender sustituir la falta de estímulos vitales y deseo con programas de estimulación cognitiva es una broma sin gracia. La persona mayor podría contar con ciertas ventajas y circunstancias especiales, pues ya no hay nada que demostrar y el cuerpo impone su verdad. La muerte ha dejado de ser una idea abstracta y obliga a madurar ¿Por qué no hacer balance, reconectar con el propio ritmo y reconocer lo que nos queda por vivir? La IA podría ser una ayuda.

V

La vejez nos desnuda de artificio. Revela quién fue la persona, pero también quién no pudo ser mientras vivía aceleradamente. La IA podría promover un envejecimiento maduro, funcional, no desvitalizado; no amargado, resentido ni infantilizado, defensivo o traumático. La IA no puede reparar lo que nunca fue sostenido, ni potenciar lo que nunca se integró; pero sí puede dar la oportunidad de repensar la vida que no se tuvo.

La enfermedad mental a veces es la única opción que el entorno ha dispuesto para que el sujeto siga intentando ser fiel a sí mismo. Podría entenderse como una respuesta psíquica, social y simbólica a la dificultad no comprendida. La personalidad del “enfermo” suele organizarse alrededor del diagnóstico; proporcionando una identidad estable, que aparentemente explica el sufrimiento, reduce la exigencia, alivia la culpa y suspende el deseo. Nos trae de vuelta al cuerpo, lugar de origen, desarrollo, encuentro, límite, experiencia, sentido y hogar.

Socialmente el camino de la salud parece no estar tan reforzado, pues exige asumir vulnerabilidad, límites y pérdidas que no garantizan reconocimiento ni éxito. La salud no encaja bien en protocolos, mediciones y artificios; no elimina el sufrimiento, pero lo vuelve significativo. La vejez y la muerte no son un fracaso, sino un proceso más de la vida que hemos de dignificar y reintegrar con salud. La IA también puede ser un gran aliado para sostener respuestas abiertas a preguntas difíciles.

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