Ángel Alonso Giménez: Texto | María Abad: Imagen |
Nos deberían prescribir vacaciones. La evidencia científica es rotunda: nuestra salud las necesita, el cerebro sobre todo, porque viajar, estar más tiempo con los amigos o pasar unos días en la casa del pueblo propician una serie de reacciones cerebrales muy positivas. Dos neurólogas explican qué reacciones son, cómo se producen y qué ventajas aportan.
Marta Guillán Rodríguez, neuróloga de la Unidad de Ictus del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz, y Beatriz de la Casa Fages, de la Unidad de Trastornos del Movimiento del Hospital Gregorio Marañón, protagonizan una nueva conversación de EFE Salud, dedicada esta vez a lo bien que nos sientan las vacaciones… Por ser más precisos: sobre lo bien que le sientan al cerebro las vacaciones.
Las personas que no puedan tomarse un descanso este verano por la razón que sea también tienen espacio aquí. Ofreceremos, de la mano de las integrantes de la Sociedad Española de Neurología, una serie de consejos para que la repetición de la rutina no siente mal.
Vacaciones como estrategia de salud pública
Puede decirse que una mayoría social, hoy, “cada vez es más consciente de que los parones son beneficiosos para la salud”, afirma de la Casa antes de señalar que si “hay más desestacionalización de las vacaciones”, es justo por eso: “Preferimos hacer más breaks a lo largo del año”.
No es una afirmación que deje flotando. Da ejemplos. Cita el caso de Suecia, “pionera en establecer las vacaciones como una estrategia de tratamiento”; de hecho, apunta, prescriben allí “paseos por la naturaleza”. Y cita también el caso de Japón, en donde se aconsejan “baños de bosque”. El objetivo es el mismo en ambos países.
De la Casa lo explicita: “Creo que deberíamos ir hacia una prevención del estrés y hacia estrategias no sólo farmacológicas, sino de hábitos de vida. Qué mejor que las vacaciones”. Puntualiza que han de ser de un mínimo de 10 días para garantizar la desconexión.

“Sabemos que las vacaciones, que un cambio de rutina, es bueno para el cerebro. Cambiamos el modo automático para poder planificar nuevas rutas, nuevos hobbies, aprender cosas nuevas o simplemente resetear patrones de sueño y bajar el nivel de estrés”, insiste.
Las vacaciones, por tanto, ¿qué hacen en nuestro cerebro? Vamos a ir paso a paso. O plan por plan.
Plan 1: Nos vamos de viaje
Señala Marta Guillán que “el hecho de ir a un país en el que la gente no habla” la misma lengua “obliga a un esfuerzo”, lo cual “viene bien al cerebro”, que escapa por fin del “modo automático” de la rutina.
Añade: “El modo automático no hace que se creen nuevas conexiones, y hoy sabemos que el cerebro cambia toda la vida, lo que se llama neuroplasticidad (…) Para que se hagan esas nuevas conexiones, hay que hacer nuevas rutas (…) Y si viajas a un sitio que no tienes ni idea de qué va, lo que hacen, su cultura, su idioma, por qué huele aquí así, tu cerebro está flipando (…) Es como hacerte más listo de alguna forma”.
Es hacer “un esfuerzo cognitivo”, remarca de la Casa. ¿A qué se refiere? Viajar implica “estimular diferentes regiones o funciones cerebrales”, aclara. Además, se desbloquean aquellas que el cortisol tenía atrapadas debido al estrés del curso laboral. ¿Cómo lo notamos? Nos sentimos más creativos, de repente pensamos ágilmente, fluidamente.
Lo reafirma Guillán: “Es que has dejado espacio para pensar. Al cerebro, que está todo el rato en hiperalerta, de repente se le ocurre una cosa nueva, y sueñas cosas distintas; es mucho más original”.

Alcanzar este estado de inspiración, de bienestar, depende en gran medida del hipocampo, una región cerebral muy importante para la memoria y el aprendizaje. Además, como puntualiza de la Casa, el sistema de recompensa del cerebro, un circuito neuronal que se mueve por la dopamina, y la liberación de endorfinas, tan esenciales para sentir placer, se activan también.
Y la reserva cognitiva que construye la desconexión vacacional, según subraya Guillán, resulta importantísima para prevenir el deterioro cognitivo, el alzheimer sin ir más lejos.
Un apunte más. Lo menciona esta neuróloga de la Jiménez Díaz: cuando estamos de vacaciones, flexibilizamos horarios y quebramos responsabilidades, y por tanto, nos zafamos del control que nosotros mismos nos marcamos. Se llama “locus de control” y “es una de las cosas que más genera estrés”.
Plan 2: Un viaje organizadísimo
Una de las mejores cosas de las vacaciones es que por fin nos atrevemos a dejar el reloj en la mesilla, el móvil apagado incluso.
Cuenta Guillán que uno de los lugares del mundo con “mayor longevidad” es Galicia, en donde viven más de 1.400 personas mayores de 100 años. “Y dónde están esas personas? No están en las ciudades; están en el rural”, apunta. Están en municipios, pueblos, aldeas en donde el horario marca la jornada, pues claro que se sujeta al reloj el trabajo de la tierra, pero “es más flexible”.
“Hay que ir a ‘sachar’ (remover) (sic) la tierra o a sacar las vacas, y es un horario a lo mejor de 8 ó 9 horas, pero es más flexible y comen a sus horas y tienen un descanso diferente”, subraya.
«Viene bien en vacaciones tender un poco a la improvisación», asegura Beatriz de la Casa
Dicho esto, ¿son convenientes esos viajes de vacaciones organizados al milímetro? De la Casa reconoce que pueden provocar “un pico de estrés” si “se te retrasa un medio de transporte, no has cogido el tren o has llegado tarde a la visita guiada”.
La clave, según explica, está en “la flexibilidad cognitiva”. Dicho de otra manera por la propia neuróloga: “Viene bien en vacaciones tender un poco a la improvisación”.
El cerebro entonces asume el “reto de reimprovisar”, de “reorganizar una ruta”, de “buscar un nuevo horario”, por lo que “está activando tus conexiones neuronales”, zanja de la Casa.
Esta mecánica del viaje, consistente en afrontar situaciones nuevas, es especialmente positiva para una longevidad saludable.
Así que no sólo la salida de la rutina ayuda, no sólo ayuda la flexibilidad con el horario; ayuda también la improvisación.
Plan 3. Viajes con la familia
Estamos peleando por escapar del estrés del curso… Pues no caigamos en el estrés de un viaje organizado hasta el más mínimo detalle o de una estancia en familia. Ahora bien, si éste es el plan elegido o el que toca, «hay que reservar espacios o tiempo para desconectar», enfatiza Guillán.
La neuróloga aporta otra pauta esencial: el reparto de tareas. «Las edades no son iguales. Los niños quieren estar todo el rato jugando; a los abuelos, lógicamente, tienes que cuidarlos de otra forma (…) Las necesidades no son las mismas (…) Es importante repartir tareas para que todos tengan sus momentos de descanso».
Plan 4. Veranear en el pueblo de la infancia
Gusta volver a los sitios en los que fuimos niños/niñas felices durante los veranos. Estamos hablando del pueblo de la familia. De la Casa señala que en estas situaciones «pueden activarse mecanismos más primitivos que no van por un control consciente, como puede ser la evocación por los órganos de los sentidos».
¿Quién no ha viajado a su infancia al percibir «el olor de la panadería en la que hacen el bollo que te comías en verano con tus primos»?, en palabras de la neuróloga del Gregorio Marañón. La amígdala y el hipocampo, en el lóbulo temporal del cerebro, carburan esos recuerdos y sus emociones.

Guillán repara en la lengua. Volver al pueblo en donde resurge «la lengua materna», dice. «Una lengua mucho más emotiva que la que utilizas en tu día a día; pasas casi a ser otra persona», según profundiza.
Y lo explica: «Son lenguas en sitios diferentes del cerebro. La lengua aprendida y la lengua materna no están en el mismo lugar». Usa un situación ficticia que ilustra bien la diferencia: «Pacientes que tienen un ictus, un daño cerebral en una zona, pierden un idioma, pero no pierden el otro».
Así que… «Qué importante es volver a casa», proclama.
Plan 5. Viajar solo
A criterio de Guillán, “el reto del sitio nuevo” se hace mayúsculo para quien viaje solo. No hay nadie que te ayude y “no puedes repartir tareas ni delegar”.
Pues estupendo, porque esa persona hará “mucha introspección” y potenciará además “herramientas para socializar”. “Viajar solo”, según sus palabras, es “muy enriquecedor”.
No quita que sea complicado. Lo es. No son pocas las personas que tienen fobia a comer solo, o cenar solo, en hoteles repletos de familias, grupos de amigos, gente. Esto, sin embargo, es un factor cultural, coinciden las neurólogas, para las que una situación así abre una puerta a un lugar extraordinario para el cerebro: la socialización.
De la Casa asegura que “socializar es una forma de prevención del deterioro cognitivo”. “Somos seres sociales, y se sabe que el aislamiento social está más relacionado con el riesgo de deterioro cognitivo, de modo que conviene socializar y hacer el esfuerzo. El desarrollo de nuevas amistades en la edad adulta es más retante (sic) y beneficioso”.
Guillán se fija en “el lenguaje no verbal”, fundamental cuando entramos en contacto con otros/as. Es el que propicia que tras llevar unos segundos hablando con alguien, “ya sepas si te cae bien o no, y da igual lo que haya dicho”. Remarca que las zonas frontal y prefrontal juegan un papel destacado en las relaciones sociales. Las neuronas espejo entran en escena, además, recuerda de la Casa.
Plan 6. Viajar con amistades
Dentro del cerebro, cuando viajas con tus amigos y amigas, cobra protagonismo la oxitocina, que “se dice que es la hormona del amor”, dice Guillán, pero no sólo. “Cuando estás con personas con las que tienes una relación de apego, generas más oxitocina y tienes sensación de placer, de unión, de camaradería, de ‘somos un grupo, un equipo’”.
Lector, lectora, seguro que has recordado aquel viaje y aquella sensación de unión fraternal hasta la eternidad, brindando, abrazando… Luego el tiempo y la realidad… Eso queda para otro reportaje.
Beatriz de la Casa pone el foco en la dopamina y en las endorfinas. Recrea ese “viaje clásico” de cada año, el de tus amigos y tú, y destaca que al tenerlo “interiorizado” de alguna manera, sólo anticiparlo, sólo pensar en él genera ya “placer y satisfacción”.
“Puedes tener una sensación de bienestar anticipada” debido a la “liberación de de dopamina”. Las relaciones personales, concluye, son excelentes para la actividad cerebral.
Plan 7. Las ‘no vacaciones’
El Instituto Nacional de Estadística (INE) publicó el pasado mes de febrero la última edición de su Encuesta de Condiciones de Vida, hecha con datos de 2025. Reveló que un 32,2 % de la población no pudo permitirse el año pasado vacaciones fuera de casa durante al menos una semana (el porcentaje superó ligeramente el 33 % en 2024).
Estos números del INE aluden a realidades económicas, y bien sea por esta razón, o bien sea por enfermedad o por circunstancias personales y familiares, mucha gente no puede disfrutar de este periodo de desconexión.
¿Qué hacer entonces? Beatriz de la Casa aboga por «buscar planes y rutinas, actividades, para las que durante el curso a lo mejor no hay tanto tiempo». Menciona planes culturales, ir más a la piscina, hacer ejercicio o dormir la siesta. Son actos, decisiones, que «van a estimular el cerebro», dice.
«Hay que intentar buscar alrededor de las ciudades zonas de naturaleza, a distancias de una hora, hora y pico; hay que intentar hacer escapadas a esas zonas», afirma Marta Guillán
Marta Guillán plantea ir a restaurantes o a bares que no conocemos, aprovechar, dentro de las realidades económicas de cada cual, para probar nuevos platos. Fundamental, por resumir: innovar, y aquello novedoso que hagas, hazlo tranquilamente.
Como recuerda de la Casa, conviene «intentar cambiar la ruta por la que vas al trabajo» o «dar otros paseos». También así es posible, insiste, generar «un beneficio» a la salud vascular y prevenir el «deterioro cognitivo».
Guillán hace hincapié en la necesidad de combatir las altas temperaturas, cada vez más altas y cada vez durante más tiempo. «Hay que intentar buscar alrededor de las ciudades zonas de naturaleza, a distancias de una hora, hora y pico; hay que intentar hacer escapadas a esas zonas», enfatiza.
La neuróloga advierte de que a más calor, más lentitud en las conexiones neuronales. «Prácticamente todas las enfermedades neurológicas que conocemos empeoran sus síntomas en verano», avisa. Precaución, por tanto, ante las olas de calor.
Y lo más importante: si tienes vacaciones, reta al cerebro a hacer cosas nuevas; y si no las tienes, lo mismo. A la salud, a corto, medio y largo plazo, le sentará de maravilla.
La entrada Todas las cosas buenas que las vacaciones hacen en el cerebro (y si no las tienes, sigue estos consejos) se publicó primero en EFE Salud.
