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Durante muchos años, el debate sobre la formación ha estado vinculado en exclusiva a la empleabilidad, al ámbito universitario y a los procesos de upskilling y reskilling dentro de las empresas.

Y aunque estos aspectos siguen siendo fundamentales en un mercado laboral marcado por la transformación digital y la irrupción de la IA, la realidad es que la formación tiene un efecto mucho más amplio y profundo. Si bien es cierto que, a mejor formación, mejores salidas laborales, el aprendizaje también impacta positivamente en la autonomía, la salud emocional, la inclusión y la participación social.
En una sociedad cada vez más digitalizada, la formación es un elemento esencial para garantizar una igualdad de oportunidades. Tanto en el acceso a conocimientos técnicos, como en la capacidad de desenvolverse con normalidad en un entorno donde gran parte de las gestiones cotidianas dependen de competencias digitales básicas. Desde cerrar una cita médica o hacer la declaración de la renta, hasta chequear los recibos bancarios en la web de la entidad. Para una persona mayor, aprender a usar una tablet es poder ver la cara de un nieto que vive lejos. Para alguien en un hospital, un audiolibro es una ventana al mundo exterior.
Sin embargo, hay una brecha latente. Según la Comisión Europea, cuatro de cada diez adultos en la Unión Europea carecen de competencias digitales básicas. Y si ponemos el foco en nuestro país, cerca del 30% de las personas entre 65 y 74 años nunca ha utilizado Internet, de acuerdo con el INE. Estas cifras evidencian que la exclusión digital sigue siendo una forma silenciosa de desigualdad social.
Frente a este reto, la tecnología educativa está demostrando que puede convertirse en una herramienta de transformación real. Más allá de los beneficios que aportan tanto a estudiantes como a profesionales, las plataformas de aprendizaje pueden acompañar a personas de cualquier edad y contexto vital en su crecimiento formativo, ofreciendo todo tipo de contenidos accesibles, personalizados y adaptados a sus necesidades reales.
En esta línea, existen programas públicos de capacitación digital ciudadana que acercan este tipo de competencias a los colectivos más vulnerables, haciendo de la formación un vehículo de cohesión social. Un caso de éxito es ‘Madrid Aula Digital’, que en apenas dos años ha impartido más de 132.000 formaciones en habilidades tecnológicas.
El hito cuantitativo es destacable, pero lo verdaderamente relevante es el impacto social detrás del dato: mayores que aprenden a utilizar apps para comunicarse con familiares; ciudadanos que adquieren nuevas competencias digitales para acceder a un empleo, y personas que hacen de la formación flexible y adaptada a sus ritmos de aprendizaje un mecanismo para reducir el riesgo de exclusión.
Asimismo, la formación digital reactiva el talento senior, un grupo que a menudo queda fuera de los procesos de transformación tecnológica. Debemos huir de la idea de que el aprendizaje es una cuestión asociada exclusivamente a la productividad. En sociedades cada vez más longevas, garantizar la capacitación continua de los mayores en las nuevas herramientas digitales minimiza la brecha tecnológica y favorece su participación activa en la vida social, cultural y económica. De esta manera, la formación se consolida como un pilar de su bienestar.
Otro campo donde la formación tiene un impacto relevante es en la lucha y rehabilitación de adicciones. En estos contextos, tener al alcance de la mano recursos especializados favorece la concienciación y la prevención, a la vez que brinda el apoyo y conocimiento necesarios para abordar los procesos de recuperación e integración en la sociedad. En Chile, el Servicio Nacional para la Prevención y Rehabilitación del Consumo de Drogas y Alcohol (SENDA) ha impulsado una biblioteca digital que busca prevenir y sensibilizar sobre esta problemática y acelerar la reinserción de personas que la sufren. Para ello, facilita gratuitamente recursos sobre salud mental, psicoterapia y los pasos a seguir para tener una recuperación definitiva. En total, ya ha ayudado a más de 2.000 personas.
En definitiva, estos proyectos demuestran que el acceso digital al conocimiento puede convertirse en una herramienta efectiva de acompañamiento en momentos complejos. La tecnología no sustituye en ninguno de ellos la intervención profesional, pero sí que amplifica el alcance de las políticas públicas y democratiza el alcance de la información especializada para que llegue a cualquier persona, independientemente de la ubicación, situación personal o capacidades.
En esta línea, la formación digital es clave en la inclusión de personas con discapacidad. La digitalización transforma el acceso al conocimiento mediante funcionalidades como audiodescripciones, lectura asistida, adaptación tipográfica o formatos accesibles. Una de las regiones punteras en esta línea es Cataluña: su red de bibliotecas públicas tiene una plataforma, Biblio Digital, que garantiza el acceso universal a recursos culturales y de aprendizaje a través de soluciones como las mencionadas anteriormente.
Todos estos ejemplos ponen de relieve el papel estratégico que desempeñan las edtech como facilitadoras de la inclusión. Entre otras cuestiones, por su capacidad para integrar contenidos multiformato, personalizar experiencias y escalar proyectos públicos con los que crear ecosistemas de aprendizaje accesibles y satisfacer las necesidades reales de las personas.
No obstante, ningún avance será sostenible sin colaboración. La innovación no genera impacto por sí sola. Esta transformación precisa alianzas sólidas entre la Administración Pública, las instituciones educativas y el sector tecnológico. La buena noticia es que ya estamos viendo cómo esa colaboración se está consolidando. Cada vez más gobiernos e instituciones entienden que invertir en formación ciudadana es una inversión estratégica en cohesión social, autonomía y resiliencia.
Desde nuestra experiencia, hemos constatado que estas alianzas son el verdadero motor del cambio. Porque, en realidad, el gran reto de nuestros días no es únicamente digitalizar servicios o incorporar nuevas tecnologías. El desafío real es asegurar que todo el mundo participa plenamente en la sociedad digital. Y para lograrlo, la formación continua, accesible e inclusiva es la herramienta más poderosa de transformación social por la que debemos seguir apostando en las próximas décadas.

